lunes, noviembre 02, 2009

Crónica de Marruecos '09 - Parte 2

(Viene de la primera parte)

Día 4 - Jornada de desierto

04/10/2009

El día anterior habíamos acordado una excursión con el responsable del albergue. Iríamos a ver la salida del sol en el desierto, llegando hasta las dunas en dromedario. Así, poco antes de las 5 de la madrugada vinieron a avisarnos de que ya estaba todo a punto.

La experiencia de ver salir el sol entre las dunas no es fácil de describir. Por tanto no lo voy ni a intentar. Ahí van algunas fotos que, por supuesto, no hacen ninguna justicia al momento ni creo que transmitan nada. Hay que vivirlo. Nosotros lo hicimos en la cresta de una de las dunas más altas (y lo que nos costó llegar hasta allí), en completo silencio y en compañía del beréber que nos había acompañado hasta allí y de su hijo.









Sobre las 7 dimos por finalizado el espectáculo de la salida del sol y regresamos al albergue sobre nuestras nuevas monturas. Por algún extraño motivo a Pau le tocó un domedario cruzado con pony; en esta foto se aprecia que pasa algo digno de cuarto milenio. Teóricamente los tres dromedarios eran iguales...




Dando gas por las dunas



 


37 grados poco después de las 8:30. Frío no íbamos a pasar.









Una vez dejamos el albergue a través del tramo de pista del desierto negro, regresamos a Rissani para dirigirnos hacia el Valle del Draa. A esas horas teníamos pensado llegar hasta Mhamid; durante el día íbamos a cambiar los planes.





La carretera en dirección a Zagora desde Rissani tenía sorpresas (baches, arena, piedras...) pero lo más curioso fue encontrarnos con algún tramo inundado por los Oueds. Es chocante encontrarte tanta agua en una zona tan árida y con tanto calor (el termómetro -quizás un poco exagerado- llegó a marcar 48 grados).




Otra más para mi colección de señales zoológicas


Buscando sombra en medio de un calor asfixiante.


Una mujer y dos niños en medio de la nada, con la habitual simpatía y curiosidad.


Una constante : los efectos de los Oueds sobre la carretera



La señal no mentía.

Hicimos una parada en Nkob para almorzar. Encontramos un albergue fantástico donde íbamos a pasar uno de los mejores ratos del viaje. Allí conocimos a Ider, nuestro anfitrión. Además de prepararnos una comida exquisita (tomamos la primera harira del viaje) nos regaló su compañía y la de alguno de sus parientes durante la sobremesa, mientras tomábamos con ellos un té de menta preparado según el ritual auténtico. Nuestra conversación abarcó desde el fútbol hasta temas políticos referentes al pueblo bereber y su relación (o no) con el árabe. Una conversación muy interesante y enriquecedora, que nos hizo replantearnos la ruta del día y acortarla para poder disfrutar del momento.


Un momento de relax antes de comer.


La harira, sopa consistente y exquisita.


Una sobremesa de escándalo.


Ider, nuestro anfitrión.

Poco después de Nkob ya vimos los primeros palmerales que preceden a los del Valle del Dhraa. La carretera mejoró bastante a partir de ese punto, por lo que llevamos una conducción relajada pero alegre para llegar a Zagora antes de que cayese la noche. La puesta de sol nos acompañó durante el trayecto hacia el sur, acrecentando las tonalidades ocre del paisaje y las kasbahs.


Palmeras y edificios de adobe, la constante de los próximos días.


El río Drhaa al incio del valle al que da nombre.


Las kasbahs, parte integrante del paisaje.

Para variar, llegamos a Zagora de noche. Ya teníamos claro el cámping en el que queríamos dormir, pero tuvo que ayudarnos a encontrarlo un joven en ciclomotor que nos guió hasta allí. El lugar, una maravilla en medio del palmeral. Preguntamos sobre la posibilidad de tomar unas cervezas y nos dijeron que sí (aleluya!) aunque tenían que ir a burcarlas a otro sitio. Al cabo de media hora llegó un empleado en ciclomotor cargado con una caja de cartón... repleta de cervezas!
Para no tener que montar las tiendas decidimos pasar la noche en una haima, con las motos durmiendo al  lado mismo de la entrada.




Desparramado frente a la haima.


Nuestra bien merecida cena.


Idílica noche estrellada bajo las palmeras.


Día 5 - Entre palmerales

05/10/2009

El amanecer del día anterior en el desierto quitaba el hipo, pero la salida del sol en el palmeral también fue una toda una experiencia. Es impresionante la cantidad de vida que hay y la cantidad de pájaros que te despiertan con una increíble variedad de cantos.







Tras despedirnos del simpático dueño del cámping, nos dirigimos a buscar la pista que va hacia el norte de forma más o menos paralela al palmeral (aunque a mayor distancia de la que creíamos). La pista empezó muy bien durante los primeros kilómetos, con algo de piedra suelta y arena compacta sin mayor dificultad.






Al poco rato el tema fue cambiando y empezaron a aparecer pequeños bancos de arena blanda que fuimos pasando como pudimos... hasta que Ponce perdió rueda delantera en uno de ellos y besó el suelo sin mayores consecuencias.




Aquí se está MUY solo.



Lo de los bancos de arena ya lo habíamos discutido antes de empezar la pista. Si nos los encontrábamos haríamos la ruta subiendo la carretera del palmeral, y así lo hicimos. Con los neumáticos a presión de asfalto, cargados hasta las orejas y con el calor que estaba haciendo no queríamos meternos en fregados que pudiesen traernos algún disgusto. O sea que lo dejamos corren y seguimos haciendo lo que vinimos a hacer : disfrutar del viaje.





De regreso a Zagora aprovechamos para beber algo y regatear un poco en algunas de las tiendas de la calle principal. Compramos cuatro cosillas mientras aprovechábamos para observar y charlar un rato con la gente.







Ahí fue donde conocimos a Abdoul, dueño -junto con su padre- del taller Sahara-Zagora. Estuvimos hablando un buen rato y divirtiéndonos con sus anécdotas sobre averías y las formas inverosímiles que tienen para arreglarlas. La verdad es que, te pase lo que te pase en cuanto a mecánica, allí te lo solucionan. Insistió en que le acompañásemos hasta su taller y alucinamos con la cantidad de fotos que tiene de gente que ha pasado por su establecimiento : Nani Roma, Arcarons, Cyril Despres, Sainz (debe ser buen cliente con tantas averías...), etc.


Abdoul el mecánico. Un fenónemo.




Una gente cojonuda.

Seguimos ruta hacia Ait Ben Haddou, nuestro siguiente punto donde queríamos pernoctar. Seguimos la carretera hacia Ouarzazate apreciando la inmensidad de los palmerales del Valle del Dhraa.









Paramos a comer donde nos pareció bien y, como casi siempre sucede con lo inesperado, dimos con un lugar estupendo y apartado de la ruta principal  : la Kasbash Tamnougalte.








Seguimos nuestro camino hacio Ouarzazate, esta vez en medio de los restos de una tormenta de arena que enturbiaba el panorama mirases donde mirases.



Ya casi al final de la jornada vimos un nuevo cambio de paisaje, en este caso con enormes cañones y grietas que seguían el trazado de un puerto de montaña (donde aprovechamos para quitar la carbonilla de los motores).







Por fín llegamos a Ait Ben Haddou, justo a tiempo de encontrar alojamiento antes de anochecer. El lugar, la Kasbah Defat, otro lugar fantástico donde comer y descansar.



El final del día fue de lo más completo : cena, té de menta en el patio de la kasbah, música bereber y un rato de relax en la azotea bajo la luna.


Buena comida y buen humor







Día 6 - Las gargantas

06/10/2009

El día amaneció espléndido, como siempre. En el planning del día teníamos prevista una parada en Ait Ben Addou y la visita a alguna de las gargantas (Dadés o Todra). Así que dimos cuenta de un abundante desayuno y nos pusimos en marcha.






Llegamos a Ait Ben Haddou antes de que llegasen los primeros "guiris". Las tiendas acababan de abrir y pudimos llegar hasta el pie del poblado, atravesando el oued seco, sin gente y paseando tranquilamente.





Es un poblado que recibe muchos visitantes que acuden en manada por reclamos tan chorras como que aquí se han rodado películas como Gladiator, La Momia, etc. Aquí no hay que venir por eso, sino a conocer cómo era la vida en un Ksar, o ciudad fortificada, hace cientos de años, y a conocer cómo aún hay una decena de familias que siguen viviendo ahí. Justo al llegar "pillamos" a un guia que nos llevó por dentro del poblado, nos enseñó las estancias y nos explicó cómo los habitantes hacían -y siguen haciendo- su vida diaria.












Después de la visita y de estar un rato de regateo seguimos en dirección Dadés y Todra. La carretera, chunga. Mucho calor otra vez.





En una de los intentos de parar bajo la sombra de un árbol, caída chorra por culpa -como no- de un tramo de arena que no debería estar ahí. En el fondo era envidia de que Ponce cayese y yo no. Afortunadamente la caída fue casi en parado y sin consecuencias (Excepto del cachondeo de Pau, que fue el único que no besó tierra infiel).



Poco después de Boulmina, y pasado el Valle de Dadés, encontramos un albergue siguiendo unos kilómetros de pista. Un lugar encantador, desde cuya terraza trasera se tenían unas vistas preciosas del valle y donde nos zampamos un cus-cus de primera.





 



Al final decidimos visitar las gargantas de Todra en lugar de las de Dadés, principalmente porque el recorrido en carretera es más corto. Las gargantas de Todra están bien pero... no pasaría nada si no las hubiésemos visitado. El tramo inicial es impresionante, con unas paredes que quitan el hipo. Peeeero.... lleno de guiris, autocares, etc. y la subida MUY peligrosa debido a los grand-taxis que van subiendo y bajando desde el pueblo a toda velocidad. Más de una vez estuvimos a punto de llevarnos un buen susto. Hicimos un par de kilómetros de la carretera, pero no nos pareció nada del otro jueves... y mucho menos si ahora lo comparamos con la carretera que hicimos al día siguiente. Desde luego no hay nada como salirse de los recorridos turísticos habituales.





Una vez liquidado el tema de Todra seguimos nuestro camino en dirección Goulmina. La carretera es más o menos rápida pero la noche cae antes de llegar a Tinejdad, bastante lejos de nuestro objetivo. El paso por Tinejdad es caótico y peligroso : sin iluminación alguna las bicicletas, coches, motos, personas... invaden la calzada a centenares. El paso del pueblo se nos hace eterno. Unos 20 Km de carretera más tarde llegamos a Goulmina (tres cuartos de lo mismo, y encima en fiestas), pero aún nos quedan 18 km de carreterucha de cuarta categoría y unos 2 Km de pistas bacheadas hasta llegar a al albergue que teníamos localizado. Unas horas estresantes y agotadoras.



Por fin llegamos al albergue. Otro lugar sorprendente y uno de los grandes descubrimientos del viaje. Sus dueños, André y Pauline, son una pareja de cincuenta y tantos que han recorrido medio mundo antes de montarse aquí su trocito de paraíso. Por primera vez en Marruecos comemos cerdo -más concretamente jabalí- ya que André tiene un pequeño secreto del que hablaré más adelante.




En el próximo capítulo...

Y en el próximo capítulo : carreteras inundadas, las pistas más duras no están en el sur y visitamos la parte más bonita e inesperada de Marruecos.

1 comentario:

Joanet dijo...

Ja estàs tardant...